“¿Quién repone la honorabilidad?”. El principal problema que queda para la secretaria general del “Partido Popular de toda España”, María Dolores de Cospedal, es la reputación de Francisco Camps y Ricardo Costa. Y de paso, la de su partido. Como si Camps y Costa hubieran sido los primeros españoles procesados de manera injusta. O su procesamiento hubiera sido un inaceptable calvario de filtraciones. Como si su nombre hubiera quedado manchado como quien le pringa a otro su traje con salsa rosa. Una reputación hundida por culpa de “juicios especiales, sumarísimos y paralelos”: lo que en cualquier democracia modélica no es más que un control y un juicio público a lo público. O un igual de deleznable juicio paralelo como el que se ha hecho con el asesino de Marta del Castillo y su camarilla, absuelta, sin que el “Partido Popular de toda España” abriera la boca. O como los que, por no irnos más atrás, el “Partido Popular de toda España” alimentó con Bildu. El sexto día de mayo se pronunció el Tribunal Constitucional y el “Partido Popular de toda España” no reaccionó con esa “alegría enorme” de ahora. Quizá, solo quizá, porque los de Bildu no eran “amiguitos del alma” a los que querer “un huevo”. Ni tienen por qué que serlo, cuidado. Entonces, a diferencia de este caso, no hubo ninguna muestra de “satisfacción por el triunfo de la Justicia y de la democracia”. Solo “respeto” a una señora cuya mayor virtud es que es ciega. Oídas las escuchas Gürtel, también sorda. Camps las tuvo que volver a escuchar en el juicio y, contaron las crónicas, lo pasó mal. Como a quien le vuelven a manchar el traje en esa boda en la que sabe que va a acabar con la corbata anudada en la cabeza. Hoy no valen para nada. Ni las grabaciones ni las corbatas. Quizá tampoco las cabezas. Al “Partido Popular de toda España”, con el pecho henchido, tampoco parece importarle. Todo, también ese diálogo Camps-El Bigotes, ha quedado en un segundo plano. Como si no existiese. De un plumazo. Como si elementos como la grabación no fueran los que en realidad mancharon el traje de honor. Máculas aparte, Camps ya llegó al juicio, pese a dimitir, con el traje de la culpabilidad limpio. Bajo su manga traía la absolución de su pueblo. La mayoría absoluta que los valencianos le concedieron en mayo valía más que tres absoluciones judiciales juntas. Pero dos meses después, cedió a la presión y dimitió como “sacrificio personal” para que Rajoy gobernara. La retirada de Costa y de Camps de la vida pública y partidista fue folletinesca. Unos y otros maniobraron para que se marcharan. Como quien cerca un gran barco a la deriva que está a punto de partirse en dos. Pero sin saber si va cargado de petróleo o de chuches. Rajoy, de visita en Alicante, espetó aquello de “Paco, estamos contigo”. Mayo de 2009. Un par de años después, durante su gira por España camino a La Moncloa, Rajoy dio un mitin en la plaza de toros de la capital del Turia. Camps no fue. Se quedó sin poder corear aquello de “oa, oa, oa, Mariano a La Moncloa”. Ahora el favor va de vuelta y De Cospedal defiende su “honorabilidad”. Como si no pasara nada. Como si la “no culpabilidad” fuera sinónimo de “todo era falso”. Hasta las grabaciones. Como si la palabra de un jurado popular fuera la palabra de Dios. Como por si no ajustarse a la lógica del Derecho, ya no se ajustara a la lógica de la razón. Como si la dignidad de la Justicia estuviera por encima de la dignidad política. Como si la dirección del “Partido Popular de toda España”, con temor de que el juicio de los trajes se produjera en plena campaña electoral de noviembre, no hubiera maniobrado contra el president Camps. Donde había dicho “digo”, dije “Diego” y donde dije “Diego”, digo “honorabilidad”, “triunfo de la democracia” y “alegría”.
Felicidades, inocentes.
Felicidades, inocentes.
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