Los 350 diputados del Congreso, los 264 senadores o los 75 representantes del pueblo vasco en el Parlamento de Vitoria tienen la llave para recuperar la política. Ni los indignados del 15M ni todos en la calle: ese millar de delegados de la voluntad popular, una de las mayores compañías de teatros que existen, basta para que vuelva a mandar la política.
Porque la partitocracia que nos gobierna lo único que hace es convertir los parlamentos en unos teatros en los que representantes que fueron elegidos como representantes políticos no son más que actores. Representan sainetes de tres al cuarto (creen que la archifamosa obra ‘Y tú más’ funciona y gusta) y, a la hora de la verdad, la votación, obran en consecuencia de lo que haya negociado/decidido la dirección de su partido. Una dirección que, dicho sea, no tiene por qué estar representada en esa misma cámara. Los radicales hablarán en esos casos de secuestro de la libertad popular. La democracia, como cualquier otro artefacto humano, es muy fácil de tumbar.
Es sencillo asistir, por lo tanto, con cierta envidia al toque de atención que la Cámara de Representantes de Estados Unidos (que tiene cosas que envidiar y otras que no) le dio a su presidente a cuenta de la intervención armada en Libia. Cerca de cincuenta congresistas demócratas le pararon los pies a Barack Obama.
Lo más lógico es que miembros del mismo partido y que proceden de un espectro ideológico similar voten en consecuencia. Menos lógico es que, se vote lo que se vote, coincidan en todas y cada una de las votaciones: permiso para una operación especial, impuestos, aborto, impulso de planes medioambientales. Da igual qué: votan lo mismo aunque piensen diferente, aunque sea por matices. De esta manera y no de otra es como pueden llegar desatinos como el del PP a cuenta del Concierto Económico, que lo que le vale en Vitoria no le vale ni en Madrid ni en Logroño.
Y es así como se acaba por esterilizar el arma más peligrosa de una democracia: la deliberación. Las proposiciones y los proyectos de ley salen, en el fondo, tal y como entraron en las cámaras. Con enmiendas mayores o menores pero, en el fondo, iguales. O sin ellas. El periodista de El País Carlos E. Cué lo denunciaba ayer en Twitter a cuenta de la norma de oro franco-alemana por la que se reformará la Constitución española: “Una reforma constitucional clave que no iba en el programa del PSOE ni del PP se aprobará en una semana. Viva la democracia deliberativa!”.
Suele ser que, un par de concesiones para unos, un retoque para el otro y medida aprobada. En los parlamentos no se piensa. En los parlamentos no se delibera sobre qué es lo mejor para un país, para una comunidad o para un territorio. Esa tarea ya viene hecha antes de registrar la iniciativa legislativa. En los parlamentos, por lo tanto, no hace falta que estén los mejores de un país, de una comunidad, de un territorio o de un pueblo.
Mientras las cosas funcionen así –y se asegure que seguirá funcionando así con límites de gasto autoimpuestos–, esos brillantes tampoco tendrán necesidad de subirse a semejante barco. Solo los mejores ilusos pensarán que, si entran, igual ayudan a cambiar la marcha. Ánimo, porque la culpa de todo esto es, cómo no, de los mercados. El mantra que más se ha repetido, a izquierda y derecha –sí, existen– desde que empezó la crisis. Es impensable imaginar a Churchill o a Roosevelt desplazando sus responsabilidades a los mercados. Es impensable que hoy –elijan los nombres– no culpen a los mercados. Todo porque les resulta difícil reducir el sector financiero a su nivel justo. Domarlo. Más difícil cuando para rescatar a Grecia se pidió a esos “agentes privados” su ayuda “voluntaria”. La culpa es de los mercados. ¿De los mismos de los que nos valimos para “rescatar” a Grecia?
Claro que se antoja muy complicado poner coto a los mercados cuando la propia clase dirigente es incapaz de autorregularse si no es por leyes ordenadas desde los Campos Elíseos. Cuando es muy complicado cuando los políticos no pueden distanciarse de sí mismos, de los monstruos políticos que han creado con el paso de los años: de los propios partidos políticos.
Tal y como están las cosas, romper con esos partidos políticos que conocemos hoy en día, sin tener fórmulas válidas representativas de la sociedad civil –sin que de movimientos como el 15M haya salido nada sólido (todavía)–, podría llevarnos a la nada.
¿Qué hacer mientras tanto? Exigir, y mucho. Exigir a los representantes políticos que, sin romper con el partido que les ha permitido sufragar costosísimas campañas (deberían pensar que recorrer un distrito puerta a puerta durante quince días no resulta tan costoso), debiliten su vínculo a él una vez resultan elegidos. Que no dependan de PSOE, Bildu, PNV o PP cuando son parlamentarios o concejales. A casi todos se les olvida, ya como electos, que en las instituciones no representan a PNV, Bildu, PP o PSOE, sino que son, sensu stricto, votados por todos los votantes, que la cámara de la que forman parte es resultado del conjunto de votos.
De ellos, y de nadie más, depende que vuelva la política. Que prebendas y privilegios (excesivos todos) aparte, alguien sea el número 7 de la lista de tal partido antes de las elecciones pero un congresista más después de ellas. Con voz propia. Sin ser miembro de una manada de los 214 parlamentarios del partido Z porque, para hacer rebaños, al menos Silvio Berlusconi elige rostros bonitos, para que destaquen.
Porque la partitocracia que nos gobierna lo único que hace es convertir los parlamentos en unos teatros en los que representantes que fueron elegidos como representantes políticos no son más que actores. Representan sainetes de tres al cuarto (creen que la archifamosa obra ‘Y tú más’ funciona y gusta) y, a la hora de la verdad, la votación, obran en consecuencia de lo que haya negociado/decidido la dirección de su partido. Una dirección que, dicho sea, no tiene por qué estar representada en esa misma cámara. Los radicales hablarán en esos casos de secuestro de la libertad popular. La democracia, como cualquier otro artefacto humano, es muy fácil de tumbar.
Es sencillo asistir, por lo tanto, con cierta envidia al toque de atención que la Cámara de Representantes de Estados Unidos (que tiene cosas que envidiar y otras que no) le dio a su presidente a cuenta de la intervención armada en Libia. Cerca de cincuenta congresistas demócratas le pararon los pies a Barack Obama.
Lo más lógico es que miembros del mismo partido y que proceden de un espectro ideológico similar voten en consecuencia. Menos lógico es que, se vote lo que se vote, coincidan en todas y cada una de las votaciones: permiso para una operación especial, impuestos, aborto, impulso de planes medioambientales. Da igual qué: votan lo mismo aunque piensen diferente, aunque sea por matices. De esta manera y no de otra es como pueden llegar desatinos como el del PP a cuenta del Concierto Económico, que lo que le vale en Vitoria no le vale ni en Madrid ni en Logroño.
Y es así como se acaba por esterilizar el arma más peligrosa de una democracia: la deliberación. Las proposiciones y los proyectos de ley salen, en el fondo, tal y como entraron en las cámaras. Con enmiendas mayores o menores pero, en el fondo, iguales. O sin ellas. El periodista de El País Carlos E. Cué lo denunciaba ayer en Twitter a cuenta de la norma de oro franco-alemana por la que se reformará la Constitución española: “Una reforma constitucional clave que no iba en el programa del PSOE ni del PP se aprobará en una semana. Viva la democracia deliberativa!”.
Suele ser que, un par de concesiones para unos, un retoque para el otro y medida aprobada. En los parlamentos no se piensa. En los parlamentos no se delibera sobre qué es lo mejor para un país, para una comunidad o para un territorio. Esa tarea ya viene hecha antes de registrar la iniciativa legislativa. En los parlamentos, por lo tanto, no hace falta que estén los mejores de un país, de una comunidad, de un territorio o de un pueblo.
Mientras las cosas funcionen así –y se asegure que seguirá funcionando así con límites de gasto autoimpuestos–, esos brillantes tampoco tendrán necesidad de subirse a semejante barco. Solo los mejores ilusos pensarán que, si entran, igual ayudan a cambiar la marcha. Ánimo, porque la culpa de todo esto es, cómo no, de los mercados. El mantra que más se ha repetido, a izquierda y derecha –sí, existen– desde que empezó la crisis. Es impensable imaginar a Churchill o a Roosevelt desplazando sus responsabilidades a los mercados. Es impensable que hoy –elijan los nombres– no culpen a los mercados. Todo porque les resulta difícil reducir el sector financiero a su nivel justo. Domarlo. Más difícil cuando para rescatar a Grecia se pidió a esos “agentes privados” su ayuda “voluntaria”. La culpa es de los mercados. ¿De los mismos de los que nos valimos para “rescatar” a Grecia?
Claro que se antoja muy complicado poner coto a los mercados cuando la propia clase dirigente es incapaz de autorregularse si no es por leyes ordenadas desde los Campos Elíseos. Cuando es muy complicado cuando los políticos no pueden distanciarse de sí mismos, de los monstruos políticos que han creado con el paso de los años: de los propios partidos políticos.
Tal y como están las cosas, romper con esos partidos políticos que conocemos hoy en día, sin tener fórmulas válidas representativas de la sociedad civil –sin que de movimientos como el 15M haya salido nada sólido (todavía)–, podría llevarnos a la nada.
¿Qué hacer mientras tanto? Exigir, y mucho. Exigir a los representantes políticos que, sin romper con el partido que les ha permitido sufragar costosísimas campañas (deberían pensar que recorrer un distrito puerta a puerta durante quince días no resulta tan costoso), debiliten su vínculo a él una vez resultan elegidos. Que no dependan de PSOE, Bildu, PNV o PP cuando son parlamentarios o concejales. A casi todos se les olvida, ya como electos, que en las instituciones no representan a PNV, Bildu, PP o PSOE, sino que son, sensu stricto, votados por todos los votantes, que la cámara de la que forman parte es resultado del conjunto de votos.
De ellos, y de nadie más, depende que vuelva la política. Que prebendas y privilegios (excesivos todos) aparte, alguien sea el número 7 de la lista de tal partido antes de las elecciones pero un congresista más después de ellas. Con voz propia. Sin ser miembro de una manada de los 214 parlamentarios del partido Z porque, para hacer rebaños, al menos Silvio Berlusconi elige rostros bonitos, para que destaquen.
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