25.6.11

Un país, un sentimiento*



Hace dos sábados conocí a unos amigos de otros comunes con los que cené en Donostia. “Anda, ¿eres de Irun?”, me preguntaron como si Irun fuera Zulululandia. “Sí”, respondí. “Y, ¿sales en el Alarde?”, dispararon acto seguido. Como quien pregunta a un pamplonés recién conocido si corre ante los jandilla. Como si, al toparse de primeras con un almonteño, la pregunta fuera si se tira reja arriba a por la virgen de la Blanca Paloma.

Cada gentilicio lleva consigo unas preguntas. Como si por nacer en Arabia Saudí te preguntaran qué tal están los Reyes Magos, nacer irunés significa que antes o temprano a uno le hablarán de los sanmarciales. Da igual Errenteria, Donostia o Motril: algo cae. Quizá sea porque somos de los pocos que nos pasamos de fiesta uno de los doce meses del año.

Todo junio es San Marcial. En el extranjero –más allá de Gaintxurizketa– sorprende que se prepare la fiesta con tanto fervor. No hay lugar donde se combinen, entre otros, el pedir fiesta o vacaciones en el trabajo –quienes lo tienen–, probar el ropaje del año anterior, comprar alpargatas, concretar cenas con la cuadrilla, unos ensayos, una arrancadilla, una noche de Banda y Tamborrada, una presentación de cantineras, un día de San Pedro –con txapela roja–, una Alborada, una Diana, un San Marcial, unas descargas, muchas lágrimas en la calle Mayor y un Rompan Filas. Insisto: no hay.

Y no se engañen: estos sanmarciales serán, con la desgracia de quienes no están entre nosotros y la alegría de los nuevos que se suman, los mismos que los del año pasado. Los mismos que los de 2009 y 2012. Y aún así, por mucho que les expliquemos, en el extranjero seguirán sin entender que, cuando llegue la noche del 30, tendremos la incorregible sensación de que “ya podía ser mañana San Marcial otra vez”.


* Publicado en el especial Alarde de Irun.