5.6.11

De tenis sé poco más que de curling

Los Nadal-Federer y los Barcelona-Real Madrid son dos de los espectáculos deportivos que más atraen. Cada vez que hay uno, siempre prometen mucho. Los Nadal-Federer casi nunca defraudan. Pueden ser regulares, como el inicio del de hoy en París. Federer era el único que había saltado a la pista y sacudía a Nadal a derecha, izquierda, al fondo y en la red.

Son cosas del tenis que no tienen otras modalidades: lo que no haces tú no lo hace nadie. Y a Nadal no le quedaba otra que espabilar. Y no solo despertó, sino que dio una sacudida hasta llevar a Federer al abismo, al que no acabó por empujar. Misma oportunidad que había tenido el suizo en su raqueta en el primer set. Los dos se arrepintieron a partir del tercero.

Lo que no ponía el tenis (deporte en el que, como el balonmano o el baloncesto, las mejoras se ven reflejadas en el marcador casi al momento) lo ponía la psique. Acudir al fisioterapeuta, neutralizar una ventaja o romper un servicio, punto a punto, juego a juego, set a set. Revés a revés y volea a volea. Y así esperando hasta el momento decisivo del partido. Ese que llega tras dos horas desde que empezara el partido. Quizá más tarde. Ese instante en el que Nadal rompe el servicio de Federer en el cuarto set. 3-1.

Las finales de estos torneos son de esas que uno empieza a ver tumbado después de comer. Siempre las termina erguido, al borde del sofá. Incluso con unas motas de tierra batida en la cara. Como si estuviera en el escenario del partido. Incluso, con un chute de antiinflamatorios y antibióticos, de pie. Aplaudiendo. A Nadal y a Federer. A los dos. Como en un Barcelona-Real Madrid. Igual.