Han hecho el ridículo. La comunidad internacional –expresión que se acuña para echar las culpas a un ente al que es casi imposible ponerle rostro– ha vuelto a fracasar de una manera estrepitosa con la resolución del affaire Gaddafi. A este le faltan horas para recuperar un país del que, según Occidente, había huido rumbo Venezuela.
No huyó. Apareció en la tele en una entrevista y dijo que daría combate. Lo declaró vestido de mamarracho, como cuando llegó a los dictatoriales jardines de El Pardo, montó la jaima y metió en ella sus treinta vírgenes y a José Luis Rodríguez Zapatero. Va, por ahora, a recuperar “su” país. Libia está a punto de volver a ser suya y, como era hasta hace no mucho, también del presidente español, de Nicolas Paul Stéphane Sarközy de Nagy-Bocsa o de (ponga usted el presidente de Occidente por el que más rabia sienta).
Quizá, eso sí, cabe la posibilidad de que hayan activado el quítatetúquemepongoyo y que Gaddafi –ese hombre que en los discursos compara su entrada en Bengasi con la de Paco Rana en Madrid- tenga un puñal occidental en la espalda al estilo Tu quoque, Brute, fili mi y, por lo tanto, cuente las horas para su derrocamiento. Recuperará Libia mientras Occidente no entre en el país con sus tropas y pase por plomo a todo quinqui acólito de Gaddafi (de esta definición se excluyen, por si hubiera dudas, Rodríguez Zapatero, Sarközy de Nagy-Bocsa o el presidente de Occidente por el que más rabia sienta). Porque bañar de plomo Bengasi y Trípoli se presenta como la solución a ejecutar.
La misma que se podía llevar a cabo hace tres semanas. Ocurre ahora que la ONU aprueba la zona de exclusión aérea sobre Libia y lo hace con diez votos a favor y cinco abstenciones (Rusia, Alemania o potencias emergidas como China, Brasil e India). Aplausos para Barack Obama –esa decepción–, que ahora, junto al recién nombrado ministro de Exteriores galo, Alain Juppé, ha sido capaz de sacar adelante lo que hace tres no podía. Entonces, se abstuvo de invadir Libia de forma unilateral, a diferencia de aquel diablo disfrazado de George W. Bush. Buscaba talante para hacer la guerra. El objetivo también es el de derrocar a un dictador que vulnera los Derechos Humanos y el de entrar a instaurar la democracia. ¿De fondo, de qué, cómo, para qué va a estar el petróleo?
Con gente incapaz de acelerar un acuerdo de estas dimensiones –lo que estaba en juego era la democracia (u occidentalización) de Libia, no Alemania o Canadá–, Europa hubiera estado sumida en la Segunda Guerra Mundial hasta 1970. Y lo peor de todo es que, en este mundo de malpensados, a uno le queda la duda de si el batracio libio hasta ahora ha ganado la guerra o le han dejado ganar. Pese a llevarse por delante a todos los que habrá enterrado. No pasa nada. Los misiles de Occidente, que no tienen nada que ver –ni siquiera primos lejanos– con los que bombardearon (y liberaron mediante la destrucción) Hamburgo en aquella Operación Gomorra de 1943, llegan silbando el aire como silban los niños que acaban de hacer una trastada.
Pío, pío que yo no he sido.
No huyó. Apareció en la tele en una entrevista y dijo que daría combate. Lo declaró vestido de mamarracho, como cuando llegó a los dictatoriales jardines de El Pardo, montó la jaima y metió en ella sus treinta vírgenes y a José Luis Rodríguez Zapatero. Va, por ahora, a recuperar “su” país. Libia está a punto de volver a ser suya y, como era hasta hace no mucho, también del presidente español, de Nicolas Paul Stéphane Sarközy de Nagy-Bocsa o de (ponga usted el presidente de Occidente por el que más rabia sienta).
Quizá, eso sí, cabe la posibilidad de que hayan activado el quítatetúquemepongoyo y que Gaddafi –ese hombre que en los discursos compara su entrada en Bengasi con la de Paco Rana en Madrid- tenga un puñal occidental en la espalda al estilo Tu quoque, Brute, fili mi y, por lo tanto, cuente las horas para su derrocamiento. Recuperará Libia mientras Occidente no entre en el país con sus tropas y pase por plomo a todo quinqui acólito de Gaddafi (de esta definición se excluyen, por si hubiera dudas, Rodríguez Zapatero, Sarközy de Nagy-Bocsa o el presidente de Occidente por el que más rabia sienta). Porque bañar de plomo Bengasi y Trípoli se presenta como la solución a ejecutar.
La misma que se podía llevar a cabo hace tres semanas. Ocurre ahora que la ONU aprueba la zona de exclusión aérea sobre Libia y lo hace con diez votos a favor y cinco abstenciones (Rusia, Alemania o potencias emergidas como China, Brasil e India). Aplausos para Barack Obama –esa decepción–, que ahora, junto al recién nombrado ministro de Exteriores galo, Alain Juppé, ha sido capaz de sacar adelante lo que hace tres no podía. Entonces, se abstuvo de invadir Libia de forma unilateral, a diferencia de aquel diablo disfrazado de George W. Bush. Buscaba talante para hacer la guerra. El objetivo también es el de derrocar a un dictador que vulnera los Derechos Humanos y el de entrar a instaurar la democracia. ¿De fondo, de qué, cómo, para qué va a estar el petróleo?
Con gente incapaz de acelerar un acuerdo de estas dimensiones –lo que estaba en juego era la democracia (u occidentalización) de Libia, no Alemania o Canadá–, Europa hubiera estado sumida en la Segunda Guerra Mundial hasta 1970. Y lo peor de todo es que, en este mundo de malpensados, a uno le queda la duda de si el batracio libio hasta ahora ha ganado la guerra o le han dejado ganar. Pese a llevarse por delante a todos los que habrá enterrado. No pasa nada. Los misiles de Occidente, que no tienen nada que ver –ni siquiera primos lejanos– con los que bombardearon (y liberaron mediante la destrucción) Hamburgo en aquella Operación Gomorra de 1943, llegan silbando el aire como silban los niños que acaban de hacer una trastada.
Pío, pío que yo no he sido.
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