No tengo ganas de que me llamen demagogo, malnacido y otras lindezas propias del español castizo que involucran a mi madre y tampoco, digo, tengo ganas de entrar en trifulcas dignas de una Cámara baja de cualquier barrio alto de la Tierra Media. Estamos en precampaña, sensación similar a la de junio del 36 o agosto del 39. Gobiernos y oposiciones -en Euskadi, a tutiplén, de unos y de otros- preparan balines y misiles (electorales, claro, corrección política ante todo) para arrojarse a la cocorota con reciprocidad y alevosía en cuanto puedan. Picaresca española (hola), "hecha la ley, hecha la trampa", sostienen y se muestran dispuestos a seguir con la orgía de inauguraciones varias a cuenta de un erario público cuyos propietarios (yo, entre otros) hemos dicho que no, que no toca. Que un equipamiento se construye para ponerlo en marcha, no para sacarse una foto aunque esté al 65%. De eso ya hablé, pero nadie me hace caso. No porque sea un defensor del matamoscasacañonazos del #nolesvotes, sino porque si no, luego que no lloren de su falta de credibilidad. Justo lo que por otra razón piden a Sortu. Si quieren que yo les dé, les pido lo mismo que ellos a Sortu: que rompan con el pasado de inauguraciones y saraos. Una ruptura total. Que condenen su pasado puede ser demasiado pedir. Por ahora.
En caliente, por Diego Carasusán*
Hace 4 horas
1 comentarios:
Estoy contigo. Yo les pido los mismo que le piden a Sortu, que condenen no sólo las inauguraciones "incompletas", también la corrupción y el tráfico de influencias.
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